Cuerpo vertical/ cuerpo horizontal
: traduciendo a Sylvia Plath (fragmento)
Por Delfina Muschietti
Con el apoyo del Programa
Alban, Programa de becas de alto nivel de
la Unión Europea para América
Latina, n de identificación E03E08468AR
/ Supported by the Alban Programme, European
Union Programme of High Level Scholarships
for Latin America, identification number
E03E08468AR
(publicado completo en Ærea,
Anuario Hispanoamericano de Poesía,
Año VII, Nº 7, Santiago de Chile
- Buenos Aires, 2004.
Leo y releo la obra de Sylvia
Plath desde hace varios años, atraída
por ese quantum formal que nos atrapa y
encandila en la lengua de todos los grandes
escritores. Esos que merecen una lectura
lenta y recurrente que va abriendo de a
poco pliegues y repliegues de su iluminación.
En los poemas de SP encontraba central un
ritmo marcado alrededor de las formas de
decir “yo”, señal que
se ataba a un cuerpo pasible de significar
según dos posiciones diferentes:
estar de pie, vertical/ estar tendido, horizontal.
Un cuerpo erguido, firme para ejecutar las
órdenes de la Ley de la identidad
civil, social, familiar/ un cuerpo yaciente,
que se hace trama con la tierra y con alguna
forma de paz que comunica con el sueño
y la libertad de la creación. Allí
se era otro modo del cuerpo, un no-cuerpo,
nobody, negándose a las trampas de
cualquier manipulación del otro.
Estaba dicho en el poema “Soy vertical
pero me gustaría ser horizontal”,
y reaparecía en cada una de las veces
que se amplifica el corte, la dualidad que
violenta y tajea. Y lo encuentro ahora nuevamente
en un fragmento de la nueva edición
completa de los Diarios de SP , de julio
de 1952:
Pero yo soy yo ahora; y muchos otros millones
son tan irreparablemente su propia especial
variedad de “yo” que apenas
puedo siquiera pensarlo. Yo (I): qué
firme esa letra, qué reaseguro en
los tres trazos: uno vertical, orgulloso
y afirmativo, y luego los otros, dos líneas
cortas horizontales,
en rápida, esmerada sucesión.
La lapicera grafica sobre el papel: ...I....I....I....I....I....I
Se desmonta el pronombre, se lo vuelve dibujo
y grafía significante, se lo desdobla
en dos posiciones. La pregunta era desde
el principio, entonces: qué quiere
decir “yo”, cómo decir
“yo”, qué se dice cuando
se dice “yo”, tramando lengua
y cuerpo.
El Ich, Ich en alemán que se dice
en el famoso poema “Daddy” de
1962 , aparece como una respuesta faro para
estas preguntas. Decir Yo aquí señala
en la mujer que habla el locus que significa
estar en esa lengua extranjera del Padre,
al mismo tiempo como un alambre de púa
en donde la lengua propia se atasca; y también
máscara de identidad, cuerpo vertical
de la identidad civil al que se renuncia
a favor del “I am nobody” horizontal
, que promete un nuevo territorio arcaico
libre. ¿Es que reconocer que se tiene
cuerpo es sustraerlo de la lengua del Padre?
Afirmar el cuerpo es disolverlo porque se
trata de un cuerpo colonizado y torturado:
y encarcelado en la gran mandíbula
del Padre, tomado por asalto como los cuerpos
de los judíos enviados por los nazis
a los campos de exterminio. Eso parece decirnos
el poema. La traducción tiene que
respetar ese aliento entrecortado y filoso,
testigo del cuerpo de la lengua materna
cortado como con un bisturí por esa
otra respiración extranjera, germánica
en la que se halla encajada y en la que
lucha por salir.
Umberto Eco, citando a Genete, habla de
la traducción como de un palimpsesto:
un texto-pergamino en el que se inscribe
un nuevo texto pero que deja leer, como
en transparencias, el primero. Hablamos,
entonces, de una lengua de llegada en cuya
respiración se percibe, como en transparencias,
la lengua de partida. En el caso de Plath,
como en la de la mayoría de los poetas
contemporáneos, esa lengua de partida
ya llega partida. No se habla aquí
solamente de las condiciones generales de
un yo escindido (el “je est un autre”
de Rimbaud), y que pone en primer plano
el cuerpo de la sensación, sino de
las condiciones de la práctica poética
que genera una lengua extranjera en la homogeneidad
de la lengua oficial; en ese sentido trabajaba
Rilke, por ejemplo, para que la lengua “propia”
sonara como de otro, extranjera , o Vallejo,
cuando buscaba en el arcaísmo, el
neologismo o el quiebre sintáctico,
la interferencia de lenguas menores en una
lengua mayor. Tarea del poeta moderno que,
una vez más, Rimbaud había
señalado con otra de sus precisas
frases lacónicas: “Hallar una
lengua”. Nos preguntamos, entonces
y todavía, si el hecho de ser mujer,
la cuestión del género, aporta
un plus a esa posición de extranjero.
Toda una genealogía de poetas “modernas”
(desde Emily Dickinson a Plath, desde Alfonsina
Storni a Alejandra Pizarnik y Susana Thénon)
ponen la mira en ese punto: insisten en
develar las condiciones particulares en
el que un cuerpo de mujer en nuestra cultura
debe o puede decir Yo : “Ich”
, dice el poema “Daddy”, en
la lengua del padre: alambre de púa
que traba la lengua de ella, y dibuja así
crudamente el núcleo de la cuestión.
La poesía de Plath diseña
este mapa con maestría: logra el
pasaje de la escena privada, psicoanalítica,
familiar-edípica, al escenario político
de la Gran Guerra (Great War), y así
desenmascara el “secretito”,
como quería Deleuze: muestra el cuerpo
de mujer como un campo de batalla, como
un campo de lucha de fuerzas en disputa
por la hegemonía dentro de una cultura.
En este sentido, el poema “Daddy”
hace juego con “Little Fugue”,
ambos de 1962. La figura del padre alemán
(Otto Plath como fantasma) le sirve a estos
poemas para construir el escenario de una
lengua alojada-desalojada en un cuerpo-campo
de concentración . Por eso, la lengua
de ella, es traqueteada “como un judío”
en tren camino a “Dachau, Auschwitz,
Belsen”: ese recorrido dibuja el poema,
ligando la resonancia de esos nombres al
poder brutal de los nazis en una secuencia
melodiosa a medias entre la repulsa y la
atracción, donde resuenan los ecos
de una esclavitud atávica de siglos
encarnada en el cuerpo de la mujer que dice:
Sí, sí frente al amo que domina.
En esa duplicidad, otra vez un rasgo de
género que tiene su imagen en el
espejo examinador, y también la doble
vía del placer y lo siniestro conjugado
en la experiencia de lo femenino . Aquí
y allá resonarán sonidos fuertes
ligados a la lengua alemana del padre, entronizado
como un jerarca nazi: your Luftwaffe, Aryan
eye, Panzer-man, swastika, Meinkampf look...y
el inglés se rigidiza, secuestrado
por el tono germánico, “language
obscene” que dibuja la figura del
padre-hombre-marido cercana a la de Hitler.
Pero mientras el otro-masculino es puesto
allí, en ese grotesco de “nítido
moustache”, fascista odiado por los
pueblos, ella-la hija-que-habla aparece
como un cuerpo cortado o focalizado tan
sólo en la cara aplastada por la
bota militar y allí, la lengua trabada.
La mandíbula (jaw) es ese espacio
físico alambrado en donde se traba
la lengua de ella-como-judía (like
a Jew). Es en ese campo de concentración
donde ella es forzada a decir yo por boca
del padre: ICH....Es en ese campo en el
que genera ella su lengua menor, la lengua-como-judía.
No es ocioso, entonces, que jaw aparezca
a final de verso y estrofa, y haga dibujo
en contraste irónico con las cuatro
apariciones siguientes de Jew ocupando también
esa posición de final de verso. Es
allí donde surge el otro yo, el de
la lengua menor oprimida y que a la vez
resiste. Allí, en la otra imagen
compuesta, la del pie atrapado en un zapato
negro: “zapato negro/ en el que viví
como un pie” (“black shoe/ in
which I have lived like a foot”. El
encastre del I (yo) es perfecto, atrapado
entre la rima que une los dos sonidos shoe-foot.
Desde allí se planea la huída,
también: o absoluta y dramática
en la aniquilación del matar o morir,
suicida o asesina ; o la otra, menor, en
el desacato irónico y el delirio
asociativo que domina en el poema “Little
Fugue”. En éste, el “padre
mío”, de “pensar Prusiano”
también ha muerto ya, pero la mirada
retrospectiva lo ubica en tiempos de la
Gran Guerra (“Great War”) derrochando
grotescamente su violencia sobre un par
de salchichas, y en cruce onírico
de tiempos la niña parece mirarlo,
con sorna y horror, otra vez atrapada en
la negación: “Yo tenia siete
años/ no sabía nada”.
Pero dos estrofas más arriba en la
misma posición de final de verso
se habló de la Gran Fuga (“Grosse
Fugue”). En ese espacio entre una
y otra posición, dominaba aquella
voz tan poderosa que hasta en el recuerdo
se vuelve objeto visible “Veo tu voz/
negra y frondosa” (“I see your
voice/ black and leafy”) : otra vez
la prisión en ese cerco de tejos
(yew) armado con las órdenes bárbaras
en Germano puro , otra vez un cuerpo que
sufre violencia: “el tejo mi Cristo,
entonces,/ no es así torturado?”
Y cuál es esa intensidad que se mueve
entre las palabras y las sonoridades de
jaw-Jew-yew de un poema al otro?
Allí está, atemorizada, apenas
sobreviviendo, la yo-menor-hija, mientras
otros caen en el escenario de la guerra.
Sólo atina a salvar-se en su impureza,
su tono casi de judía, cuando dice:
“I am guilty of nothing” (“Soy
culpable de nada”, en traducción
literal), poniendo el peso en esa ecuación
contradictoria: guilty-nothing. Esa construcción
simple y barroca al mismo tiempo que la
lengua madre le ofrece, en la que se declara
la nada como posesión o territorio,
nos lleva a otro verso clave de otro poema
de 1962, “El carcelero” (The
Jailer):
Soy yo misma y eso no es suficiente
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