Monografía
para el Seminario de Poesía y Traducción
de Delfina Muschietti
Segundo Cuatrimestre
de 2003
Facultad de Filosofía y Letras
Universidad de Buenos Aires
Violeta Percia
MORFOLOGÍAS DE LA EXISTENCIA
El sentido como presencia singular invernando
en un devenir plural
Cómo hablar de lo que
pensamos, de lo que sentimos, de nuestros
afectos, lo que nos angustia, del vacío,
de la muerte. Cómo nombrar la existencia.
Sentimos cuando escribimos que de la forma
depende, que en la forma radica la posibilidad
de que lleguemos a hacernos entender. Hacernos
entender, por otro, por medio, de la palabra.
Aquí, el lenguaje. En el acto de
escribir el escritor se enfrenta con la
pregunta acerca del lenguaje, una pregunta
que es a la vez ontológica, cómo
nombrar la existencia, cómo nombramos
el ser, la pregunta que también se
hace el psicoanálisis, la lengua
que nos aliena inalienándonos escribe
Derrida. La pregunta acerca de cómo
nombramos la existencia es a la vez la pregunta
sobre cómo la entendemos, y sobre
cómo nos relacionamos con ella, reflexión
sobre cómo nos vemos afectados por
el mundo y sobre cómo nos agenciamos
con él.
La forma, las lógicas, las leyes,
la gramática, se trata de deslizarse
entre límites, escapándole
a lo monstruoso con la aceptación
de la presencia inevitable de la muerte.
El abismo por que atraviesa el pensamiento
a lo largo de toda la historia entre el
mundo físico y el mundo psíquico,
abismo que, muchas veces, se reproduce como
la distancia entre lo verdadero y lo falso,
o entre lo real y lo que puede ser del orden
de una creencia, una ficción, un
sueño, una invención.
En la búsqueda de respuesta sobre
estas cuestiones, también se encuentra
la pregunta por el sentido del arte.
Así, la poesía y la literatura
no pueden sino ser pensadas en relación
a reflexiones ontológicas y filosóficas
acerca del lenguaje.
Es interesante ver cómo las mismas
reflexiones que pueden leerse en los textos
de dos filósofos como Foucault y
Deleuze son preocupaciones que aparecen,
producto del pensar la propia práctica,
en los diarios y ensayos de dos poetas,
Sylvia Plath y Amelia Rosselli.
Finalmente presento un anexo con los originales
y traducción de dos poemas de Sylvia
Plath donde se propone otro modo de reflexionar
sobre las cuestiones teóricas planteadas
en el trabajo. Aunque la traducción
de esos poemas, así como el trabajo
de traducción grupal realizado en
el curso del Seminario, fue fundamental
y está latente en las reflexiones
que aparecen en este trabajo, en el anexo
se puntualizan problemas que surgieron en
la traducción y se justifican ciertas
elecciones teniendo en cuenta el marco de
reflexiones teóricas presentado acerca
de la literatura y la traducción.
1. Lo indiferenciado: el espacio
y el tiempo, lo real, lo otro, la existencia.
Los modos de nombrar, lo inefable y los
límites.
En “Espacios métricos”
Amelia Rosselli, poeta, transita las complejidades
a las que nos enfrenta el lenguaje a partir
de la cuestión del cómo nombrar,
cómo decir, y al mismo tiempo cómo
decirnos en una lengua que no deja de arrojarnos
hacia la angustia de las imposibilidades.
Límites que, por momentos, se presentan
como abrumadores, totales, inmovilizadores.
Pero que en la reflexión nos demuestran
posibles escapes.
La reflexión acerca del lenguaje
se da en la reflexión acerca de la
poesía. La poesía, como la
literatura, trabaja con un material fundamental
en la significación del mundo. Al
mismo tiempo no puede sino enfrentarse con
las formas mismas de la ley y las creencias
que regulan nuestra existencia y nuestras
relaciones, ya que éstas son en y
por el lenguaje.
El lenguaje nos expulsa necesariamente
de lo indiferenciado en oposición
a los ritmos, que son, en tanto duraciones
o tiempos y espacialidades, modos en que
podemos imaginar el mundo escapándose
de las conceptualizaciones.
En la escritura y la lectura, escribe Rosselli,
las cosas son distintas, “nosotros
al mismo tiempo pensamos”. Hay una
conceptualización, significamos.
El lenguaje es un límite.
La poesía se mantiene en el filo
de estas orillas en su intento de definir
una forma que se sustraiga de las leyes,
en su tentativa de definirse como forma
que se escape a las conceptualizaciones
anquilosadas en el lenguaje, vueltas ley
en la cultura, en las relaciones, vueltas
moral, vueltas captura, vueltas imposibilidad.
La poesía se vuelve, por el uso que
hace del lenguaje en los juegos que se permite
con la forma, al igual que el sueño,
el espacio del símbolo. Espacio donde
el mundo exterior y el mundo interior, el
mundo físico y el mundo psíquico,
lo perceptivo y lo inconsciente logran unirse
y volverse significativos. Es en el análisis
de esas formas donde nos es posible reflexionar
sobre la existencia, es en el análisis
de la morfología de lo simbólico
donde es posible descubrir los principios
asociativos que legislas nuestra existencia.
Sobre estas misma cuestiones se pregunta
Deleuze en su texto Repetición y
diferencia. ¿Es posible fugarse de
esos límites?, cómo hacerlo,
dónde encontrar o producir los huecos,
los espacios, las repeticiones, las diferencias,
por donde sea posible que se fuguen sentidos
otros, que se abran posibles tramas significativas
que nos permiten escapar de lo que tiene
de opresivo el sistema, la ley, escapar
de lo que nos captura, escapar también
de lo que nos produce dolor, o de lo que
parece que no nos es permitido nombrar,
o entender.
“En términos
generales la palabra se considera como definición
de una determinada realidad, pero se la
ve más como ‘objeto’
para clasificar y subclasificar que como
idea.
Yo, al contrario, …consideraba incluso
el ‘el’ y el ‘la’
y el ‘como’ como ‘ideas’,
y no como simples aclaraciones o conjunciones
de un discurso expresando una idea”
.
Pensar las palabras como ideas más
que como objetos es pensarlas como formas,
más que como refiriendo a cosas determinadas
o particulares como refiriendo a conceptos,
y, en este sentido, a generales o universales.
Pensar la palabra como la definición
de una determinada realidad asumida como
‘objeto’ bajo la forma de una
palabra implica, de algún modo, objetivar
la realidad bajo la forma de la palabra
vuelta ley.
El discurso se propone así como la
forma de lo otro, como la posibilidad del
movimiento frente a lo anquilosante de la
ley. Rosselli piensa al discurso como la
lógica exposición de una idea
no estática, como la que se materializaba
en la palabra, sino dinámica y cambiante,
y a menudo también inconsciente.
Extrañas detenciones,
extraños coágulos o cambios
de tiempo, extraños intervalos de
descanso o faltas de acción. Transcurriendo
o siendo otras presencias mentales junto
a mí en un mismo espacio.
El discurso, en tanto movimiento, en tanto
discurrir, se nos presenta como la posibilidad
de volvernos hacia ese resto de tiempo y
espacio indiferenciado que se aloja en nuestro
modo de pensar, modos del pensar más
parecidos al sueño, lo fantástico
y lo secreto, lo que se nos presenta monstruoso
y lo oculto, la incertidumbre o lo inefable.
En el discurrirse, el lenguaje intenta sustraerse
del tiempo, trasladarse hacia un tiempo
absoluto en el que la letra y el poema entero
se conviertan a la vez en la unidad básica.
De la partícula rítmica
a la palabra entera como pozo de comunicación,
como definición y sentido. Las palabras
como ideas. El discurso como una idea no
estática, en movimiento, como un
concepto, en tanto que tiene una materialidad
que se excede, que se amplia que se dilata,
que no se confina a una cosa, que no se
agota en un objeto, sino que se vuelve cualidad,
atributo. Las palabras como ideas son los
modos de las cosas. Los modos en que se
manifiestan.
2. Cómo pensar la existencia,
cómo nombrarla. ¿Qué
es el ser-hombre? Cómo nombrar esa
existencia concreta y real, “el contenido
concreto y real de la existencia”.
Es interesante la idea que
plantea Foucault en relación a las
posibilidades y necesidades de nombrar la
existencia y cómo nos comprometemos
con las lógicas del poder según
las elecciones que se hagan en ese nombrar.
Según Foucault, la existencia comparte
la lógica del sueño, en el
sentido en que se nos presenta tal como
puede descifrársela en el sueño:
en ese modo del ser del sueño en
que se anuncia significativa.
La existencia se nos aparece significativa,
se detentan significaciones que le son propias,
justo en ese momento en el que la red de
significaciones parece estrecharse, en el
que su evidencia se enturbia, y en el que
la forma de la presencia se desdibujan al
máximo.
Se busca descifrar las modalidades
de la existencia, que se cuelan y aparecen
cifradas en el sueño. En las significaciones
implícitas que el inconsciente trama.
“Esta presencia del sentido en el
sueño no es el sentido mismo efectuándose
con una evidencia completa, el sueño
traiciona el sentido en la medida en que
lo cumple; lo ofrece hurtándonoslo”
.
¿En qué medida el sueño
cumple el sentido?, ¿en qué
medida el sueño puede realizar el
sentido si no es dándole forma? Forma
simbólica, forma condensada, forma
sin ley. El sentido no se anticipa a la
formulación sino que es la formulación
misma, la forma de lo múltiple que
aparece en sueño.
La multiplicidad es lo uno. El sueño
es un mixto funcional. La imagen se agota
en la multiplicidad del sentido, y su estructura
morfológica, su espacio y tiempo,
es el de una palabra
En el sueño se alcanza la espacialidad
del ser, su realidad, en tanto pre-significativa,
en tanto fenómeno, en tanto material,
en la multiplicidad de significaciones condensadas
en una palabra.
Importa que la imagen tenga sus poderes
dinámicos propios, que exista una
morfología del espacio imaginario
diferente cuando se trata de espacio libre
y luminoso o cuando el espacio dispuesto
es la prisión, la oscuridad y el
ahogo. Es decir importa la forma de esa
imagen, su morfología, porque es
en el análisis de la morfología,
ya que es lo que se repite donde podemos
encontrar explicaciones de los contenidos
que les damos a esas formas, es allí
donde podemos entender lo luminoso, la prisión,
la oscuridad, el ahogo. Es en la morfología,
vuelta de algún modo lenguaje formal,
donde es posible detectar las significaciones
del ser que están signadas, impresas
como ley, en el lenguaje; formas materiales
de existencia manifestadas en la morfología
de los miedos, o, los miedos como condenas
sociales, como modos de las relaciones sociales
que se vuelven ley, moral, regulador de
la existencia, limitaciones reales, materiales
o ficticias manifiestas en el lenguaje.
Foucault opone dos modos distintos de expresar
la existencia o de pensar el ser-hombre.
Por un lado, la imagen , que se construye
como verdad anticipándose a la existencia
y constituyéndola por entero, la
imagen es entendida como forma teológica,
como forma de la ley en lo que ésta
tiene de trascendente. Y, por otro, una
forma de expresar el contenido concreto
y real de la existencia, en la eventualidad
de dos modos de expresión posibles:
en la posibilidad de mantener un sentido
implícito o la nitidez de una formulación
verbal.
3. En una entrevista realizada
en 1979 a Amelia Rosselli la poeta dice:
“Si vos le hablás a un ‘tú’
en una poesía, le estás hablando
a un amor tuyo, o a un compañero
tuyo, o a una compañera tuya y la
relación es de a dos, entonces no
necesariamente debe publicarse, es más,
no ha de publicarse. Si una relación
no deviene plural, se puede hablar de un
discurso a público” .
Pienso que el desafío
que se plantea como una cuestión
central –en relación tanto
a la cuestión de la existencia como
a la posibilidad de definir la poesía
en tanto obra de arte—es cómo
hacer que la relación con un tú,
o con lo otro devenga plural. Se nos presenta
como opción lo privado y lo público,
en correspondencia con la oposición
entre lo testimonial y lo simbólico,
lo confesional y el cuidado de sí
(desciframiento o conocimiento), del hábito
–y lo cotidiano como hábito—o
la repetición como diferencia, como
posibilidad de nombrar lo singular y al
mismo tiempo lo universal de la existencia.
El problema es cuando se interpreta o construye
el poema en tanto imagen, es decir según
la identidad forma-sentido. En ese interpretar
se fuerza a confesar a todas las palabras,
acoplándoles una referencia, volviéndolas
objetos. La referencia unifica. La imagen,
lejos de rozar la multiplicidad, se agota
en lo originario y esencial, se agota en
lo particular.
4. La literatura como posibilidad
de desterritorialización. La literatura
imbricada en las formas del estado, las
relaciones sociales, el control, el consumo,
el sistema.
La posibilidad de fugarse
de la condena que ejecuta el lenguaje en
tanto límite, en tanto que informa
lo informe; la posibilidad de fugarse de
la captura que opera el lenguaje en tanto
lengua de estado, en la medida en que el
lenguaje, la palabra es poder; la posibilidad
de fugarse de la violencia que ejerce el
sentido sobre el mundo, sobre el sinsetido
de la existencia, está dada en la
posibilidad de subvertir la forma. En la
posibilidad de manipularla, de convertir
la forma del lenguaje en una máquina
deseante que combata y se desembarace de
todas la formas de la ley.
Esta posibilidad Deleuze y Guattari, al
igual que Rosselli, la piensan en el espacio
del discurso, en un espacio que ante todo
debe ser un espacio que combata lo estático
–en este sentido también la
imagen es del orden de lo estático--,
en el espacio de lo que se encuentra en
constante movimiento, en constante devenir,
que se destiraniza.
“Pero a través de los callejones
sin salida y los triángulos, corre
un flujo esquizofrénico, irresistible,
esperma, río, cloaca, blenorragia
u ola de palabras que no se dejan codificar,
libido demasiado fluida y demasiado viscosa:
una violencia en la sintaxis, una destrucción
concertada del significante, sinsentido
erigido como flujo, polivocidad que frecuenta
todas las relaciones.”
Hacer manifiesta la polivocidad es mostrar
la ‘realidad’ o existencia de
lo singular, no entendido como particular,
es decir entendido como expresión
o confesión de una manifestación
particular de una especie o una generalidad,
sino singular en tanto único e irrepetible.
5. La repetición no
es el hábito.
El problema con lo cotidiano
o con lo privado, no es su carácter
corriente o íntimo. Lo cotidiano
o lo privado se vuelven despreciables en
la medida en que se vuelven representación
de lo aceptado, la vida aparece naturalizada
bajo las formas del hábito y de la
ley. Lo cotidiano sin juicio, sin distancia,
lo cotidiano vuelto hábito es tedio,
aburrimiento, queja.
Lo que importa aquí
es el proceso y el procedimiento en el que
lo cotidiano y lo privado aparecen, la forma.
Lo cotidiano puede ser puesto en escena,
abismado, esteriotipado, ironizado, estas
son formas en que lo cotidiano y lo privado
pueden devenir plural.
6. Hacia el proceso.
“un proceso y no un fin, una producción
y no una expresión”
Lo confesional tiene la lógica
lineal y temporal del relato, de la descripción,
de la expresión. Puede volverse descripción
de una existencia o de una voz que, expropiada
de su historia y su contexto, puede aparecer
alienada. Podemos pensar que lo confesional
funciona con la existencia del mismo modo
que la fetichización de la mercancía
en la lógica del capital, bajo la
óptica del confesor no alcanzamos
a ver el trabajo; no reconocemos los juegos
que determinan o indeterminan la existencia
si solamente la consolidamos en la expresión
de un hábito, aun si el relato del
hábito es intenso, y éste
es torturante al extremo, la lógica
de lo confesional nos deja atrapados en
la lógica de lo convencional. De
este modo, se asume la existencia como ley.
Se vuelve hábito en ese sentido.
La sofisticación de lo confesional
sublimado, bajo la forma del amor o la pronunciación
de la palabra como lo puramente estético.
Vuelve a la literatura fin. El arte corre
el riesgo de volverse un fin en sí
mismo.
Por el contrario, la literatura en tanto
potencia, en tanto posibilidad de transformación,
de reflexión, de crítica,
debe pensarse como proceso.
“Artaud decía acertadamente:
toda la escritura es marranería –es
decir, toda literatura que se toma por fin,
o se fija fines, en lugar de ser un proceso
que <surca la caca del ser y de su lenguaje>
acarrea débiles, afásicos,
iletrados” .
La literatura debe volverse hacia lo más
material, lo más real, el cuerpo,
lo escatológico, lo fundamental,
lo constitutivo, las marcas de la existencia,
hacia el lenguaje. Y hacerse carne allí
mismo. Tomar sus formas, hacerse cuerpo,
tomar la corporalidad de la palabra desbordada.
Lo sublimado, lo trascendente, lo convencional,
lo correcto, lo habitual, nos quita la palabra,
nos deja mudos, nos vuelve débiles,
afásicos. Si nombramos la existencia
según las formas dominantes de la
ley nuestra propia lengua al mismo tiempo
que nos da ciudadanía se nos vuelve
extranjera.
Esta oposición de tipos de discurso
dirime otra oposición, un discurso
voluntario frente a un discurso sometido.
7. El Sueño, reflexión
sobre el espacio del sueño en tanto
que éste es el espacio en el que
la existencia se nos aparece significativa.
Reflexiones acerca de la medida
en que –en tanto pueden ser nombrados
en el sueño—el deseo, la experiencia
de la verdad como trascendente –la
moral, la belleza como verdad, el bien como
verdad, dios como verdad son formas que
designan al hombre como ser trascendido—lo
monstruoso, lo prohibido, la ley condicionan
y significan nuestra existencia.
El sueño como el espacio
en el que surgen los deseos monstruosos.
Este tipo de deseos son en general los reprimidos
por las leyes y la razón: los deseos
que surgen en el sueño son los deseos
no necesarios, los que parecen ir contra
la ley natural, antinaturales y monstruosos.
En la tragedia de Sófocles, Yocasta
le dice a Edipo: “Tú no sientas
temor ante el matrimonio con tu madre, pues
muchos son los mortales que antes se unieron
también a su madre en sueños.”
Este es el pasaje en el que Freud se apoya
para el comienzo de sus investigaciones.
Estos deseos monstruosos surgen del sueño
de la razón y del capricho, la locura
de los dioses.
La locura y el capricho de las formas en
la poesía puede imitar ese desvarío
del sentido que se da en el sueño.
El tema, como señala Foucault, reaparece
en la República de Platón
cuando éste se refiere al deseo bestial.
Este deseo bestial según lo nombra
Platón, es un acto tan monstruoso,
animal, que sólo puede desearse en
estados de ceguera completa, ceguera de
la razón o el conocimiento. El deseo
bestial es el deseo sin sentido, el deseo
sin una verdad que lo sustente.
Frente a la verdad, sólo la ceguera
real, el rostro sin ojos como marca, como
prueba del sinsentido de la existencia y
el triunfo del capricho de los dioses es
el modo en que limpia la mancha, o la culpa.
Goya escribía en uno de sus grabados:
El sueño de la razón engendra
monstruos. En uno y en otro tiempo aparece
el problema de cómo pensar el sinsentido,
en ambos el sinsentido tiene un sino trágico.
Para Edipo el capricho de los dioses, se
tensa entre la ceguera de querer escaparle
a lo inevitable y la aceptación de
esa ceguera, ¿qué podría
temer un hombre para quien los imperativos
de la fortuna son los que le pueden dominar,
y no existe previsión clara de nada?
. En el otro, el sueño y el sinsentido
de la existencia cobran la forma de la monstruosidad,
las forma de la locura.
8- Qué hay en el sinsentido
de la existencia que debemos comprender
como límite. Cuáles son los
límites inevitables, cuáles
los que nos describen como seres trascendidos.
En Tecnologías del
yo, Foucault describe las prácticas
del estoicismo y ‘el cuidado de sí’
en oposición a las del cristianismo
y la confesión.
Tomo una idea que él recoge de las
prácticas estoicas que parece interesante
para pensar un principio en la búsqueda
de explicaciones o en el intento de nombrar
el sinsentido de la existencia.
“La reducción de todo lo que
es posible, de toda la duración y
de todas las desgracias no revela algo malo,
sino algo que debemos aceptar. Consiste
en pensar a la vez, el acontecimiento futuro
y presente.”
Esto implica imaginar lo peor como cierto,
imaginar las cosas como siendo y actuales,
inscriptas en un proceso que está
ya teniendo lugar, imaginar lo peor en toda
su materialidad para convencerse a uno mismo
de que no son verdaderas desgracias.
Según el propio Epicteto: “El
objetivo [de esos ejercicios sofísticos
y éticos] es el control de representaciones,
y no el desciframiento de la verdad. Son
recordatorios que permiten conformarse a
las reglas frente a la adversidad”
Aquí se trazan los límites
entre lo real y lo trascendente, limites
materiales y límites sublimados.
Además, no se trata de un desciframiento,
de una búsqueda de un secreto, de
lo oculto.
El control de las representaciones no significa
descifrar, sino recordar los principios
de acción. Recordar el carácter
de la ley.
No se trata de contar, de
verbalizar, en el sentido de una confesión,
exponer un reconocimiento de sí,
no se trata del deber de dar testimonio.
Se trata de simbolizar y somatizar. La condensación.
Se puede pensar, inclusive, el simbolizar
y somatizar como modos de expresar la libertad,
la autonomía, frente a la contemplación
y la obediencia, más característicos
del orden del relato. El paso necesario
es que el relato pueda devenir plural, en
el símbolo, o en la obra de arte.
“Los malos pensamientos no pueden
ser expresados sin dificultad porque el
mal está escondido y no dicho”
. El mal, la ley, lo monstruoso, el vacío,
pero también el deseo, está
escondido, está más allá
de lo que puede decirse. Por eso sólo
puede ser expresado en tanto forma, símbolo,
sinsentido, repetición y diferencia.
9. El problema de la existencia
llega al carácter mismo de la lengua.
Los modos del nombrar en el
lenguaje pueden repensarse si se mira la
cuestión de la propiedad de la lengua.
La lengua se enfrenta a un problema en el
abismo del filo entre mundo exterior y mundo
interior, entidades físicas y psíquicas,
el lenguaje es condición de posibilidad
para el reconocimiento del mundo al mismo
tiempo que límite.
Pero a la vez, la cuestión de la
lengua de dirime siempre en el terreno de
la propiedad y el poder, la lengua como
institución e instituyente. La lengua
instituida domina y captura bajo las formas
de la ley, la moral, la segregación,
el origen, la identidad, siendo la lengua
de otro cada vez que la enuncio.
Derrida reflexiona sobre estas cuestiones
en El monolingüismo del otro, para
él la falta, que es esencial a la
existencia, radica en el no dominio de un
lenguaje apropiado. La intervención
autoritaria y prestigiosa de la lengua dominante
o de estado se vuelve en favor de esa idea
de falta para mostrarnos la exclusión.
Franquear los límites que nos impone
la lengua en la lógica misma de la
dominación que se encuentra trabada
en lo más profundo de la lengua misma.
Límites identitarios en el uso del
lenguaje. Términos que nos mantiene
enlazados, en el sentido en que el lenguaje
es poder.
“El lenguaje, como se
sabe, es el vehículo de transmisión
y, a la vez, el medio donde se produce la
interpretación de nuestra propia
experiencia. En sentido estricto, no lo
podemos objetivar porque no hay lugar fuera
del lenguaje desde donde realizar absolutamente
dicha objetivación”
Se trata de las relaciones entre el nacimiento,
la lengua, la cultura, la nacionalidad y
la ciudadanía.
“Una estructura inmanente de promesa
o deseo, una espera sin horizonte de espera
informa toda la palabra…
y porque una lengua no puede sino prometer
y prometerse amenazando desmenmbrarse, una
lengua no puede por sí misma más
que hablar de sí misma. Sólo
se puede hablar de una lengua en esa lengua.
Aunque sea poniéndola fuera de sí
misma.”
10. alienación.
“Mi lengua, la única que me
escucho hablar y me las arreglo para hablar,
es la lengua del otro”
11. La práctica del
traductor. Pensar las problemáticas
de la traducción como el espacio
en el que se dirime la cuestión de
una literatura como práctica del
sinsentido o una literatura como representación,
copia de la verdad.
El traductor se enfrenta con los opuestos:
sublimar el sentido, la verdad de la obra
como lo trascendente, o la materialización
de la forma. La utopía o el deseo
de repetir las formas, las lógicas
asociativas y las sonoridades. A la vez,
la traducción como meta repetición.
La repetición llevada a la esfera
de los lenguajes intensifica la idea de
que lo que se repite es eso que se sustrae
al modo en que se nombra, lo singular como
secreto, como fantasma, como presencia aludida,
anudada, elidida, sugerida en la forma.
Benjamin en su artículo
“La tarea del traductor” se
pregunta de mordaz: “lo que hay en
una obra literaria ¿no es acaso lo
que considera como intangible, secreto,
poético?”
Y contesta que la función del traductor
no es hacer literatura en la medida en que
no tiene que crear sentidos, sino captar
formas lingüísticas, captar
secretos, el traductor debe, si se quiere,
reproducir o repetir lo secreto y mantenerlo
como tal. Mantenerlo oculto, intangible.
Si –para tomar un ejemplo
de los poemas traducidos en el anexo—vemos
que el wintering –forma verbal que
en tanto gerundio comporta la idea de una
acción duradera, que está
siendo, que está teniendo lugar en
un tiempo indefinido y por una persona imprecisa—captura
un secreto de una voz o una presencia que
vive un encierro, que irrumpe en el medio
de una alacena, de una repisa, ocupada por
frascos de miel, por una tarea familiar.
Podemos captar que en la elección
de esa forma verbal hay una intención
por marcar la ambigüedad acerca de
quién o quiénes exactamente
están invernando. En ese ocultamiento,
la forma verbal imprecisa nos remite a un
invernar plural, lleno de presencias, y
a un invernar singular, muy íntimo
y profundo, que se cuela y cobra sentido
en el secreto u ocultamiento mismo del yo.
Los objetos, los frascos nos son los únicos
que reposan en ese encierro de ventanas
oscuras, hay una presencia que comparte
ese encierro, que confiesa, susurra, ese
secreto. Ese susurro es lo que nos habla
de un secreto, el secreto aparece en ese
juego que Plath logra en la forma. El traductor
debe captarlo y reproducirlo y no anclar
los sentidos a ciertas referencias. El traductor
debe ser conciente de que la luna es según
el animo gorda o embarazada, hay que captar
el ánimo de la voz que enuncia.
12. La traducción es ante todo una
forma
En un sentido, Benjamin lo
que critica es la lógica de la literatura
como entretenimiento o la literatura según
la idea del arte por el arte. Refinamiento,
artificio.
“Una segunda característica
de la mala traducción (…) puede
definirse diciendo que es una trasmisión
inexacta de un contenido no esencial”.
Pareciera que según esto, el arte
o la poesía, su ser, y en ese sentido
lo que hay que traducir, no radica ni en
la forma ni en el contenido, ni en el sentido
o la referencia del texto, sino en algo
oculto, secreto, en algo otro que corona
al objeto como obra. Es eso que se muestra
al mismo tiempo que no cesa de alejarse.
Del mismo modo que la lengua nos es propia
y expropiada a la vez, la esencia del arte
es eso que se materializa y esfuma en el
mismo movimiento.
“La obra, en su esencia, consiente
una traducción, y por consiguiente,
la exige, de acuerdo con la significación
de la forma” , pide ser interpelada,
puesta a prueba, en su forma. Pide ser diálogo,
discurso. En la traducción, el intento
de repetición de la forma pone a
prueba la obra, pone a prueba el sentido
del texto en tanto obra.
El original necesita de la traducción
por supervivencia.
También lo provisorio de la traducción.
Aceptar e intentar recuperar, para traducir,
y en cierto sentido, hacer sobrevivir, entender,
comprender, tener memoria, de los cambios,
de la historia marcada, signada en el lenguaje.
Este signo de la historia en el lenguaje,
a la vez que es uno de los sentidos de la
traducción, es también su
condena, ya que “la mejor traducción
está destinada a diluirse una y otra
vez en el desarrollo de su propia lengua
y a perecer como consecuencia de esta evolución.”
Pero esto nos trae otra vez a la lógica
de lo propio y la propiedad de la lengua.
Por ser nuestra lengua esa que escuchamos
siempre, el modo en que tenemos de nombrar,
pero a la vez, la que nos condena siempre
y cada vez a un silencio que nos coloca
en el lugar de esa presencia total que nos
desborda, presencia sin nombre, que no podemos
nombrar, decir, enunciar, que nos excede
otra vez, nos silencia, porque esa, nuestra
lengua, es de otro, se nos niega. Tenemos
así la sensación de la palabra
en la punta de la lengua. La mejor traducción
aparece también como esa palabra
en la punta de la lengua. Como la idea que
está al venir, la palabra que está
por aparecer exacta, una palabra nueva que
parece decir, abarcar, recuperar, más
sentidos, una palabra que está por
ser dicha, que está por decirse,
pero incluso si no ha sido inventada aún
aparecerá en otro tiempo, pero siempre
quedará insuficiente.
Sin embargo la traducción, como el
lenguaje mismo o el acto de significación,
se exceden a esta precisión, ahí
también la risa, porque hay algo,
que a la vez que no tiene un modo único
de ser nombrado o traducido, se nombra y
reaparece en la repetición, en el
devenir plural del lenguaje, en lo dialógico
del discurso y en la lengua de lo público.
Benjamin escribe: “La
traducción está tan lejos
de ser la ecuación inflexible entre
dos idiomas muertos que, cualquiera que
sea la forma adoptada, ha de experimentar
de manera especial la maduración
de la palabra extranjera, siguiendo los
dolores del alumbramiento en la propia lengua”
.
En la forma de la lengua aparece el juego
del lenguaje, una lógica, un modo
de nombrar la existencia.
En esto radica la diferencia que Benjamin
traza entre una traducción que se
preocupe por la forma más que por
los sentido. Pienso que es también
lo que plantea Deleuze en Repetición
y Diferencia.
En sus diarios, Plath reflexiona
acerca del modo del nombrar. La pregunta
por cómo nombrar la existencia, nos
remite a la esencia misma del lenguaje en
su carácter anfibio, latente, en
tanto nos pertenece y se nos sustrae, en
tanto que el lenguaje es a la vez la lengua
de lo propio y lo otro; a la vez que es
punto de partida para entender la realidad
es el punto en el que nos abismamos ya que
el lenguaje parece no poder sino alejarnos
de esa realidad en su propia incapacidad
de nombrarla. En este mismo sentido Derrida
escribe: mi lengua propia es una lengua
inadmisible para mí. Mi lengua propia,
que parece nombrar, apropiarse, designan
lo propio de las cosas no hace más
que desalojarme y desalojarse, no admite
univocidad, certeza, no admite o no termina
de admitir a lo que nombra, o lo admite
encarcelándolo, el mundo no termina
de albergarse nunca bajo la forma de una
palabra, no puede nunca lograr alojarme,
así como tampoco a las cosas que
nombra.
En sus especulaciones Plath descubre una
diferencia entre modos de decir que, entiendo,
tiene que ver con el carácter mismo
de la poesía en tanto obra.
Encuentra una diferencia entre un modo de
decir más evidente, diríamos
más ‘literal’, un modo
pensable como el de la copia, que podríamos
decir del orden de lo que Foucault llama
la imagen; y un modo de nombrar que se alcanza
en la forma de la escritura, en las formas
que el lenguaje ofrece, en la repetición
y en la diferencia de esas formas, un modo
de nombrar en el que el sentido no está
confesado o evidenciado, sino que aparece
como una presencia no dicha, un secreto,
o fantasma como lo llama Plath, el lenguaje
aparece de este modo nombrando, en su insistencia,
aquello que se resistía e a ser nombrado.
Este otro modo de nombrar es el que se juega
en la forma, porque hace explotar el sentido
en la materialidad misma de la escritura,
en las palabras, los sonidos, los silencios,
los ritmos, las asociaciones lógicas,
formales, imaginarias, anárquicas
que construye.
Escribe Plath: “En lugar de decir
evidentemente ‘en la tierra del cielo
nocturno’, el adjetivo soiled [manchado,
sucio/ de soil, suelo] tiene un doble foco:
como descripción del manchado azuloscuro
del cielo y también como un sustantivo
fantasma, ‘suelo’ [soil], que
intensifica la metáfora de la luna
como un bulbo plantado en la tierra [earth]
del cielo.”
Es aquí que reside
la importancia del concepto de forma que
introduce Benjamin para pensar la traducción.
La forma tiene un interés porque
es condición de posibilidad y límite
en la cuestión del sentido.
Para precisar acerca de la forma tomo un
ejemplo de un problema que se presentó
en la traducción de un poema de Sylvia
Plath. Aparecía la palabra forgetfulness
que otro traductor, Ramón Buenaventura,
traducía como tanto olvido. Si pensamos
en la cuestión de la forma como sentido
en oposición a lo literal como representación
del sentido, podemos defender otra traducción
para forgetfulness: lleno de olvido, y recuperar
para el texto de llegada la idea de lleno,
de plenitud contenida en el -fullness del
texto original. Además, se puede
pensar que la segunda opción reproduce
la forma en que el inglés, y la forma
que elige Plath del inglés, nombra
un olvido total, una pérdida de memoria,
un más que olvido, más que
tanto olvido es todo lleno de olvido, son
modos del nombrar distinto, modos distintos
de pensar la existencia, el tiempo. Hay
un plus de olvido que está dicho
en el texto de partida que no se reproduce
en nuestra forma castellana mala memoria,
forma más apegada a lo literal del
sentido. En este aspecto, la copia, no estaría
nombrando más que una imagen, perdiendo
de vista ese exceso que aparece en la repetición
de la forma encubierta, del fantasma de
una totalidad, abrumadora completud [fullness]
que amenaza, con el olvido, a una voz, una
existencia, un poema, un lenguaje, deslizándose
en tanto amenaza, fantasma, y secreto, como
un sentido pleno que se desborda por todo
el poema.
Si bien lleno de olvido no es la entrada
que da el diccionario para forgetfulness
pienso que conserva su forma. Es en este
tipo de casos donde se puede ver de un modo
concreto la diferencia de lo que nos propone
pensar Benjamin con la idea de copia y la
idea de obra. Hay algo que la poesía
permite, es la posibilidad de pensar acerca
del lenguaje mismo, cómo está
el lenguaje significando, las formas del
nombrar. Digo que lo permite la poesía
porque la poesía es la forma literaria
sin forma fija, su esencia consiste en definirse
en tanto forma, la poesía se esfuerza
por definirse cada vez, por ser lengua única,
en cada obra, que la forma poética
es un complejo de autonomías y dependencias
significativas, permite el juego de las
separaciones, cada letra adquiere una autonomía.
En la poesía el pensamiento fluye
veloz, adquiere las formas de la memoria,
espacios, versos, rimas, tiempos, todo está
significando y haciendo juego de lenguaje
Como escribe Rosselli en su ensayo “Espacios
métricos”, la poesía
por ser una forma libre se escapa a la pesadez
de la realidad corriendo a la velocidad
del pensamiento, alcanzando la velocidad
de las formas fantásticas, la velocidad
del sueño, las condensaciones los
símbolos, y es por su velocidad distinta,
no lineal, no temporal, que se escapa de
la ley, se diferencia de la prosa, y, en
su hacerse necesita definir formas.
Es aquí donde podemos
entender aquella afirmación de Rosselli:
“la lengua en la que escribo cada
vez es una sola, mientras que mi experiencia
sonora, lógica y asociativa es seguramente
la que tienen todos los pueblos, y que se
refleja en todos los idiomas”.
La poesía es la lengua que cada vez
se convierte en lengua única, una
lengua en la que las reglas se subvierten
en la forma, volviéndola experiencia
singular; pero a la vez es una lengua que
por la experiencia sonora, lógica
y asociativa que transporta no puede dejar
de ser la lengua de otro, devenir plural,
universal, ser experiencia compartida. La
poesía es esa lengua única,
necesaria en tanto confiere identidad, memoria,
se vuelve modo de aproximarse a la verdad,
pero es una lengua que no otorga ciudadana,
en la que nunca se obtienen plenos derechos,
ya que esa lengua única aparece siempre
alojada en otra lengua, la lengua en la
que está escrita, está siempre
alojada en la lengua en la que pensamos,
la lengua del pensar, que es tanto su condición
de posibilidad como su límite, tanto
origen como ley.
Qué significa este ser lengua única,
Derrida escribe en El monolingüismo
y el otro “Mi hipótesis, por
lo tanto, es que tal vez soy aquí
el único, el único que puede
decirse a la vez maghrebí (lo que
no es una ciudadanía) y ciudadano
francés.” Se pueden pensar
en estas palabras las palabras de Rosselli.
La poesía se convierte en lengua
única ya que es a la vez, una lengua
que traza sus leyes en su propia forma,
se define y armas sus reglas, construye
sus normas de sentido en la materialidad
del poema, aloja el sentido en la forma
que construye (inventa una lengua en lo
que ya es una lengua de otro, en el mismo
sentido en que Derrida se piensa como magrebí
siendo ciudadano francés); y al mismo
tiempo no puede dejar de estar alojada en
la lengua en la que se enuncia, ya sea esta
la lengua del original o la lengua de la
traducción. Es en esta tirantez donde
se produce el discurso, la reflexión,
el pensar, la obra, en esas distancias cruzadas
se dan las condiciones de posibilidad de
la reflexión acerca del lenguaje,
la existencia, la experiencia, el nombrar,
la memoria, la ley.
Cabe la pregunta de si no
está justamente en el sentirse magrebí
las condiciones de posibilidad de ser ciudadano
francés, sin sentirse idéntico
al horror que un estado o una nación
operó sobre la otra. Del mismo modo,
si no es en la poesía donde están
dadas las condiciones para apartarse de
las leyes y los límites que el propio
lenguaje le impone al nombrar.
Siguiendo a Foucault podemos pensar acaso
que Edipo en Colono posee poder porque al
haber convertido la culpa en algo simbólico
–por el castigo que se impuso a sí
mismo al arrancarse los ojos y partir al
exilio-- ya no permanece atado a su origen,
a su historia. Su ceguera marca, señala
la falta, la deja simbolizada como memoria,
se ha vuelto así mucho más
que un relato, testimonio o confesión
de su propia historia, se ha vuelto cuerpo.
De la misma manera, quizá, la poesía
se vuelve materialidad, cuerpo, forma, de
la reflexión misma sobre los modos
del pensar, es decir se vuelve símbolo
de la problemática misma del propio
lenguaje, aquella que nos enfrenta a la
pregunta misma sobre el mundo, la que atañe
a los modos de nombrar y cómo nombrar
lo innombrable.
13. Sobre la diferencia entre
la copia y la obra.
“ninguna traducción sería
posible si su aspiración suprema
fuera la semejanza con el original”
Benjamin trata de pensar en
dónde está el sentido. El
traductor debe preocuparse por acunarlo
y trasladarlo, no por traducirlo, por eso
no tiene que apegarse o empecinarse en la
búsqueda de la traducción
de la palabra precisa, literal o exacta.
Esta búsqueda puede, o lindar con
lo imposible o llenar al poema de una extrañeza
que no aparecía en la intención
del original. Además este empecinamiento
confunde las posibilidades reales del traductor,
lo convierte en un inquisidor del sentido
o un instigador del poema. Obliga al poema
a confesarse según sus palabras evidenciando
quizá uno de los sentidos actuantes,
esta confusión puede pensarse como
la confusión entre particularizar
los sentidos en vez de singularizar la forma.
Benjamin escribe: “Perseguir lo esencial
de estos cambios así como de las
transformaciones constantes del sentido,
en la subjetividad de lo nacido ulteriormente,
en vez de buscarlo en la vida misma del
lenguaje y de sus obras –aun admitiendo
el psicologismo más riguroso—significaría
confundir el principio y la esencia de una
cosa, o dicho con más exactitud,
sería negar uno de los procesos más
grandiosos y fecundos de la fuerza primaria
del pensamiento” .
Lo que en vida de un autor ha sido quizá
una tendencia de su lenguaje literario,
puede haber caído en desuso, ya que
las formas creadas pueden dar origen a nuevas
tendencias inmanentes; lo que en un tiempo
fue joven puede parecer desgastado después.
La idea de la copia que propone Benjamin
sirve para pensar un problema que se presenta
en la traducción, el de la elección
léxica. Este es un problema que se
podría plantear en un borde en relación
al problema del sentido y de la forma.
La pregunta a la que se enfrenta el traductor
en el momento de la elección léxica
cuando traduce un poema que es de otra época
muchas veces aparece como la elección
entre, por ejemplo, un término más
arcaico para serle más ‘fiel’
al original, aunque provoque en el estado
más actual en el que se encuentra
la lengua de llegada una extrañeza
grande o una rareza que no estaba en el
original y que se provoca por cambios que
operaron los hablantes en el lenguaje; o
la elección de un término
que actualice el poema, y en este sentido
‘traicionar’ el original y hacer
primar un rasgo de actualización
o modernización del poema en la traducción.
Lo que Benjamin plantea con la diferencia
que traza entre obra y copia es la posibilidad
de salirse de estas encrucijadas, al correr
esta cuestión de la cuestión
crucial. Nos propone pensar que hay algo
en el sentido que se juega en la forma,
cuya esencia es diferente de la subjetividad
de lo nacido ulteriormente. El sentido de
la obra, el sentido de las palabras, no
se recupera en la copia, ya que este no
depende de una literalidad o representación
de esa lengua de partida en una lengua otra,
el sentido no puede recuperarse en la mera
imagen de una lengua en la otra sino en
la repetición del artificio, en la
repetición de la forma de una lengua
en otra, de sus lógicas, de sus asociaciones,
y el intento de alcanzar o repetir sus formas
sonoras.
Las palabras no son signos que hay que copiar
lo más idéntico posible al
original. Por eso, no se puede pensar el
sentido en la subjetividad de esa forma
ulterior, sino en sus reminiscencias, en
sus alianzas de sentido, en cómo
juega en el poema mismo, en cómo
la forma del poema juega con un sentido
que permanece en el lenguaje, en la obra,
en el lenguaje que la aloja.
La traducción exige evitar la copia
porque en la copia el sentido se desvanece
o puede opacarse, el sentido del poema en
la copia se vuelve imagen o confesión,
mimesis de algo cuya esencia misma era la
del secreto, la de la lejanía, en
la copia el sentido se representa pero no
se actualiza.
La diferencia entre la traducción
como copia y como obra, nos permite pensar
que hay que darle al poema un sentido que
está en otro lado, y que es posible
recuperar o traducir, justamente porque
está en otro lado, está en
el lenguaje y en la obra misma, en tanto
forma.
La obra es siempre actual, siempre es cuerpo,
ese es su carácter de obra, está
viva en el lenguaje y en la historia, en
el pensamiento de un tiempo. En un sentido,
se trata de la pregunta por la importancia
de la obra de arte. Y esta importancia no
puede dejar de pensarse en relación
con la existencia misma, en relación
al pensamiento, también a lo concreto
de la materialidad de la vida, de las condiciones
materiales, reales, intensas, angustiantes
de nuestra propia existencias. Su importancia
es también su necesidad, necesidad
de nombrar lo que nos abisma, para entenderlo,
para alejarlo, necesidad de la palabra como
necesidad de memoria, de identidad, y, a
la vez, de fugarse de ellas.
La copia pareciera sustraerle a la obra
este carácter mismo que la constituye.
Por mantenerse fiel al original puede construir,
en el lenguaje de llegada, una representación,
algo impostado y reproducir una imagen,
el principio del poema, más que su
sentido, su esencia o su intensidad, eso
que tiene de vivo en tanto obra.
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