Robo
al robo del olvido
Por Delfina Muschietti
Con el apoyo del Programa
Alban, Programa de becas de alto nivel de
la Unión Europea para América
Latina, n de identificación E03E08468AR
/ Supported by the Alban Programme, European
Union Programme of High Level Scholarships
for Latin America, identification number
E03E08468AR
Reproducido
en “Leer y traducir: restos y robos
melancólicos”, en Filología
a. XXXIII-XXXIV (número doble), 2000-2001.
Si el locus es el cuerpo y
la poesía del siglo XX no hace sino
poner en evidencia esa situación
y si su voz no es sino la voz del sueño,
esta rastrea paradójicamente las
huellas de un cuerpo doblemente perdido.
Expropiado por la muerte, expropiado y disciplinado
por la lengua en la cultura.
El sueño se reconoce además
como la zona del individuo más cercana
a la infancia:
Now our dreams are a means of conserving
these succesive personalities.
When asleep we go back to the old ways of
looking at things and of feeling
about them (...)
Capas o estratos arqueológicos que
hablan en otra lengua de un cuerpo, afantasmado
hace ya tiempo. El sueño abre como
en zoom un trabajo de exploración
sobre aquello que Freud llama lo arcaico,
y que nos llega ya imposible, sólo
en restos, fragmentos. Freud coloca desde
La interpretación de los sueños
(1900) hasta Más allá del
principio del placer (1926), la operación
de traducción como el mecanismo que
funciona de manera casi omnipresente en
el modo en el que el cuerpo y yo se relacionan
con el mundo, y el lenguaje actuando como
intermediario o filtro. De este modo, el
volumen de nuestra memoria es una traducción
de esa historia que se desenvuelve más
allá de los límites de nuestro
cuerpo y que a través de él
y de sus percepciones y sensaciones, queda
como huella impresa en nosotros adherida
a una forma de lenguaje. Pero, como bien
dicen Paz y Benjamin y el mismo Freud, toda
traducción es transformación
del original, y en ese pasaje hay algo que
se pierde y algo que se enciende. En ese
pasaje hay algo que se pierde o se hurta
de la experiencia, su rica plasticidad:
el amplio espectro de sensación que
se despliega en la experiencia se reduce
cuando llega el límite del lenguaje
y el sentido. El sueño es uno de
los dispositivos con los que cuenta el cuerpo
para volver a la mayor riqueza sensorial
que la percepción le brinda: “cuando
cesa el ensordecedor efecto de las impresiones
diurnas”, nos dice Schopenhauer. Por
eso el relato de un sueño se vuelve
materia de infinitas lecturas posibles.
Porque hay siempre otros sentidos que se
fugan en cada lectura del sueño que
intenta vanamente recuperar aquella experiencia
sensorial perdida. El sueño, como
la literatura, una y otra vez vuelve a parecernos
resistente a la lectura. Infinita, se nos
ofrece “la singular e impenetrable
apariencia de los sueños”.
Dirá Freud unas páginas más
adelante:
“recordamos en él algo que
durante la vida despierta había sido
robado a nuestra facultad de recordar”
(Traducción de López Ballesteros
)
“En el sueño supimos y recordamos
algo que se sustraía de nuestra capacidad
de recuerdo en la vigilia” (Traducción
de Amorrortu)
Ambos traductores arman la serie liga el
sueño con el recuerdo de un recuerdo
que había sido robado/sustraído
de nuestra capacidad/facultad de recordar
en la vigilia, nuestra disciplinada memoria
de los ojos abiertos. La voz impersonal
que utiliza Freud pone gran poder en esa
fuerza innombrada que nos captura la memoria.
Hay un robo y un Olvido que nos define en
la vida despierta. Por eso “el caos
luminoso del campo visual oscuro”
es aquello que precede a ese otro olvido,
que es el sueño, el despliegue descontrolada
de la memoria, con sus “detalles nimios
e inútiles”, el despliegue
del “moi splanchnique”, como
lo llama Tissié.
Antonin Artaud llamó “jeroglífico”
al lenguaje de los sueños que aparecía
ante él como una meta a conquistar
en el arte. Porque su experiencia más
desgarradora, nos dice Derrida, fue comprobar
que la palabra caída de su cuerpo
se hacía evidente como, la palabra
soplada, dictada por la lengua-cultura a
mi cuerpo. “Hablar es oírse.
Cuando me oigo, el otro habla”. El
lenguaje, entonces, concluye Derrida parte
y se parte en la estructura originaria del
robo y la expropiación. Si la palabra
cae fuera de mi cuerpo, y antes fue puesta
en él, soy “El Idiota burlado
Antonin Artaud”, firma que aparece
en de las cartas a Génica Atanasiu.
Entonces la firma, como nos recuerda Mallarmé,
es la inscripción de una desaparición
y el Libro-Texto, una tumba.
Paradoja que conduce aquella otra, que funda
buena parte de la filosofía del siglo
XX, aquella que enunció Heidegger
en Ser y Tiempo (1927): “La muerte
es la posibilidad de la absoluta imposibilidad
del ser-ahí. Así se desemboza
la muerte como la posibilidad más
peculiar, irreferente e irrebasable. En
cuanto tal es una señalada inminencia.”
De allí que para Artaud también
el cuerpo sea señal o marca de expropiación:
un cuerpo desde el nacimiento robado, perdido
“como si el nacer apestase desde hace
mucho tiempo
a muerte”
O como reescribe Arturo Carrera en forma
más luminosa en La partera canta
“la muerte mana del bebé ciego
al aparecer”
Entonces el cuerpo estará partido
desde el nacimiento, hendido por la ausencia,
por la diferencia: cuerpo vivo y muerto,
doble tiempo
Il fait tres froid (poema
de Antonin Artaud que Alejandra .Pizarnik
comme quand tradujo en 1964 para Sur)
c’est
Artaud
le mort
qui
souffle
Si en el primer verso se aprietan las f-las
rr-la t, estas caen el continuum del segundo
verso y luego en el soplo casi inexistente
del tercero, para reaparecer en el umbral
del nombre propio ARTAUD, firma lápida
que levanta el grup RT que vuelve a dar
en MORT que empuja el QUI hasta la desaparición,
un resto de sujeto volatilizado en el soplo:
SOUFFLE, ahora sí soplo que recoge
el frío del comienzo del poema. El
soplo helado de la muerte, su inscripción
en el cuerpo vivo que habla en el verso
su respiración. Aun la expectativa
sintáctica y léxica, la frase
esperable (c´est Artaud qui parle)
se encuentra minada por un injerto (Artaud/
el muerto), y una sustitución (“parle”
por “soufflé”), que no
hacen sino afirmar la negación, la
inminencia de una desaparición.
Esta “alienación originaria”
que mana del poema cuerpo de Artaud como
del bebé ciego de Carrera, perdura,
lo sabemos, en la niña asesinada
de Pizarnik:
“La infancia implora desde mis noches
de cripta”
Sin embargo, se trata de formas de la iluminación:
formas de la verdad que nos hablan de un
cuerpo apasionado por su propia división
y que allí lee las inscripciones
de la cultura y anuncia también el
sueño de las formas por venir, del
bebé ciego al aparecer. Iluminaciones
o inscripciones fantasmáticas que
los poetas se empeñan en reescribir
al leer. Como si se llegara al lenguaje
de los sueños, el imposible que Artaud
persiguió con insistencia: negar
el lenguaje-estructura de expropiación
y generar ese otro jeroglífico que
habla con la lengua muda e intraducible
de los sueños.
Cuerpo-palabra robadas acercan esta operación
de robo originaria al fenómeno de
la traducción. Ambos, traducción
y robo, se hallan tanto en la concepción
de Derrida leyendo a Artaud, como en la
de Deleuze pensando en repetición
y diferencia, como en la de Freud con respecto
al pasaje del sueño a la vigilia
y viceversa. En esa traducción se
hace evidente la pérdida del cuerpo
en el cuerpo del lenguaje cuyo dominio es
el sentido y el imperio del olvido omnipotente.
L a poesía es, entonces, por su específica
modo de tallarse sobre la materialidad de
la lengua, esa forma del lenguaje que intenta
desandar el camino y recuperar la carnalidad
perdida en aras del sentido y de la inteligibilidad.
Y al mismo tiempo y paradójicamente
exhibe en ese intento la expropiación.
El poema intenta restaurar lo perdido en
ese pasaje del sueño al relato del
sueño y mueve allí , porque
ese lugar es el reducto del cuerpo, la resistencia
de la memoria desplegada del moi splanchnique.
Pero, entonces, nuevamente traduce hacia
atrás, en la puesta en acción
del lema derrideano “más de
una lengua”, instalada siempre en
la inminencia de otra lengua por venir.
En ese plus velocísimo, que roba
lo robado por el olvido, el lenguaje llega
hasta su extremo y lo tensa, en la búsqueda
de una corporeidad o fisicidad perdida (cfr.
Mallarmé) en ese pasaje que va hacia
el sentido, y sentido común propio
del lenguaje de la comunicación.
El poema, como el traductor, se dispone
a recomponer fragmentos en una forma que
pueda asir la forma de la libre disposición
de los sueños y su economía
incontrolable, la memoria desplegada. Se
trata de un pasaje de forma a forma, de
cantidad formal a cantidad formal. Y como
contrapartida, el sueño trabaja con
fragmentos de los sucesos vividos que recompone
y modifica, como la traducción modifica
la lengua del original violentado, y al
mismo tiempo violenta la lengua del traductor.
La poesía roba al robo del olvido,
y nos permite con el lucimiento y la precisión
del detalle, con el ritmo y la cadencia
sonora, llegar hasta esa huellas que parecían
perdidas para siempre, fijar lo inasible.
Esa es su tarea imposible.
La poesía comparte, así, el
funcionamiento de la paradoja, que aparece
como la figura clave de la filosofía
contemporánea postmetafísica.
Si la poesía es la expresión
más acabada de la condición
del lenguaje (como señalaron Heidegger,
Derrida, Paz), es al mismo tiempo el despliegue
de su paradoja: nada es traducible y al
mismo tiempo nada puede dejar de ser traducido.
Y nueva paradoja, la poesía une a
la movilidad de sentidos que dispara en
el lenguaje, la fijeza de la colocación
de los signos. De modo que une velocidad
a intensidad de contemplación, multiplicidad
infinita a la unidad. La poesía,
entonces, sintetiza esa condición
tan particular del lenguaje en sí:
nunca una sola lengua, siempre en traducción
y abierta a la inminencia de otras lenguas.
Y a la vez única e intraducible.
Dice Paz:
la traducción suprime las diferencias
entre una lengua y
otra (pero al mismo tiempo) las revela más
plenamente
De allí que leamos en la experiencia
única de la poesía de Arthur
Rimbaud, la interferencia constante de la
lengua inglesa; en el italiano de Pasolini
las variantes dialectales quebrando la homogeneidad
del toscano oficial; y en cada poema una
nueva lengua quebrando la homogeneidad del
canon. Heteregeneidad y diferencia en la
repetición son, de esta manera, emblemas
paradójicos de la poesía.
El poema, dijimos, vuelve a desandar el
camino hacia adelante: roba lo que le ha
sido robado por el olvido. El poema se hace
en la punta de la lengua que articula ese
límite móvil que va hasta
lo más extenso del sí mismo
(el sueño, la memoria desplegada)
y vuelve hasta lo que comunica el cuerpo-de-sí
y lo demás, lo otro. Una operación
que se juega entre el exceso y la pérdida
del robo. El poema roba para llegar a un
exceso, una ampliación que no habla
sino de la imposibilidad de llegar a una
patria que no existe: a una pre=primera=lengua
que es solo un fantasma y promete en su
inminencia la carnalidad perdida en el olvido.
De modo que el vector de la inminencia promete
una lengua de regreso que es en realidad
de llegada. Y pienso en el Girondo de En
la masmédula que escucha en el “tambor
indígena” de la rima el Tan-Tan
yo que es inminencia y restitución
de la lengua del desierto, de la pampa.
Y pienso en Alfonsina Storni, desandando
el camino del cánon y revirtiéndolo
con más lenguas: irónicas,
autoparódicas, autotraduciéndose.
En el extremo antedicho, además,
la propiedad del lenguaje se instaura en
tanto el poema ilumina una experiencia particular
que señala zonas no visibles de la
cultura hegemónica: otra forma, entonces,
del robo del robo
Así, “¿Qué me
dice el sueño matutino?” se
pregunta Las bellas banderas, el poema de
Pier Paolo Pasolini , y coloca en el centro
de la escena la actitud de atención,
de escucha de esa voz que dicta y se cuela
, sopla y escribe en el borde del cuerpo,
sobre la página. Cuando el lenguaje
extranjero de sí, alejado de su propiedad
se encarna en el doblez de los párpados
cerrados. Viene del mundo de la sensación
y debe ser traducido con la mínima
resta al mundo abstracto del sentido.
Se abre y se cierra, se sueña y se
despierta: se escribe lo que se oye en el
silencio de la imagen, en forma inaudible.
Se lee desde el lenguaje, tirando de él
para llegar a la superficie del límite,
del plegado que comunica con la utopía
de transcribir el sueño. Utopía
porque estar despierto es estar en el lenguaje
y pertenecer a su expropiación, a
la “economía de la muerte”.
Escribir el poema es una forma de regreso
imposible a la propiedad del sueño.
Apariencia o superficie, película
o límite, los ojos o el cuerpo articulan
mi relación con el mundo: “todo
el mundo es mi cuerpo insepulto”,
que en italiano dice
tutto il mondo é il mio corpo insepolto
con el golpe de las grandes revelaciones.
Si el que duerme solo en la cama es un “cadáver
desconocido”, el que escribe resiste
a la muerte inscripta en el cuerpo del lenguaje
negando la negación: in, soplo helado
de la negación que al mismo tiempo
retrasa el momento de la sepultura y dice
todavía no, y por ese mismo movimiento
de negación resiste en lo que todavía
vive. Mi cuerpo, entonces, se confunde con
el mundo (corpo·mondo): mi cuerpo
es el límite del mundo, o el mundo
es posible porque aún puedo percibirlo,
tender el pasaje hacia él en el contacto
de cada una de las vías de mis sentidos
a partir de la superficie porosa de mi cuerpo,
de cada una de sus aberturas. Uno podría
leer la ecuación
corpo-mondo= corpo-non morto
y pensar que el poema con sus repeticiones
nos hace ver en morto el fin encadenado
o encastrado de corpo y mondo: el momento
en que la sepultura los vuelve indivisos
en tierra o en polvo. Pero aún tutto
es posible en su completud porque está
presente la negación in, resistiendo
afirmativamente con su nada, con su soplo
de ausencia como una cuña futura.
Lacan nos ha dicho que “lo real es
lo que volvemos a encontrar en el punto
debido” . Podríamos agregar:
el cuerpo es el extremo de lo real, aquello
que volvemos a encontrar, imperturbable,
en su debido lugar, cuando abrimos los ojos
después del intervalo del sueño.
De allí que la poesía oscile
entre dos polos: la pura afirmación
del cuerpo insistente, repetido y a la vez
signo de expropiación, robo secular
de la memoria; y la pura ausencia del silencio,
presente en la intermitencia sonora, cuerpo
fantasma absoluto que brilla como lo deseado
por el poema.
Otro imposible, entonces, que Pasolini conocía
bien: saltar el abismo abierto fra corpo
e storia. En ese margen utópico,
que hace coincidir además el furor
de la Pasión con la praxis revolucionaria
contra el Poder -que Pasolini también
aprendió y sufrió compasivamente
desde sí leyendo a Artaud -, se mueve
violenta y agónicamente festiva la
poesía de Pasolini. Mayúscula
de la letra
P de Poder
Como la A de Artaud son formas de lápida,
firmas de la muerte que reaparece repitiendo
contradictorias líneas de fuerza,
o las dos puntas de una flecha que atraviesa
el cuerpo, también él utopia
de totalidad restada por el lenguaje-muerte.
La fiesta afásica se regresa progresivamente
y a pesar de sí en fiesta enlutada
: cuerpo fisurado de ausencia, soplo de
la parodoja que anuncia el fin negándolo.
. Dice Derrida:
Ese Yo se habría formado en el sitio
de una situación inhallable,
que siempre remite a otra parte, a otra
cosa, a otra lengua, al
otro en general.
Se trata, entonces, de un
desalojo perpetuo en el que la economía
poética del idioma se mantiene intraducible
porque cada vez
una cantidad formal dada fracasa siempre
en restituir el
acontecimiento singular del original
Cada obra, sin embargo nos propone una singularidad
irreductible: quizás, entonces, se
trate de los aspectos singulares y luminosos
de ese fracaso lo que una cierta cantidad
formal luce y ofrece en cada poema.
El plan de escritura de mi libro de poesía
contempla el desarrollo durante 1999 de
una serie de textos (que agrupo provisoriamente
en cinco items) que en su forma poética
misma exploran e interrogan una serie de
problemas que son centrales para mi producción
poética y crítica. El eje
del libro es la traducción, considerada
no en sus aspectos técnicos, sino
como pregunta filosófica acerca del
lenguaje y de la poesía. Por ello
el lema disparador será Más
de una lengua, la frase que el filósofo
Jacques Derrida ha mostrado como definición
paradójica de toda lengua. La traducción
constituye, entonces, la vía de pasaje
entre la lengua del poema y los otros mundos
que a ella se abren: naturaleza, sueño,
sensación, experiencia, memoria.
Una operación que se juega entre
el exceso y la pérdida del robo.
Si la traducción nos señala
lo que una obra tiene de intraducible -como
afirma Walter Benjamin en “La tarea
del traductor”- la traducción
de los sueños, esto es, el pasaje
de una experiencia vivida en la ley de la
pura sensación a otra articulada
en la ley del lenguaje, no hace sino mostrarnos
en la resta “la singular e impenetrable
apariencia de los sueños”,
es decir, su intensidad perdida, una superficie
imposible de hollar. Nos habla así
una vez más de la imposibilidad de
la traducción y a la vez de la imposibilidad
de no traducir: operar en una trama, entonces,
con fragmentos o restos “hurtados
al olvido” (Freud) que controla la
vida despierta. El poema, como el traductor,
se dispone a recomponer fragmentos en una
forma que pueda asir la forma de la libre
disposición de los sueños.
Se trata de un pasaje de forma a forma,
de cantidad formal a cantidad formal. Y
como contrapartida, el sueño trabaja
con fragmentos de los sucesos vividos que
recompone y modifica, como la traducción
modifica la lengua del original violentado,
y al mismo tiempo violenta la lengua del
traductor. El poema, entonces, vuelve a
desandar el camino hacia adelante: roba
lo que le ha sido robado por el olvido:
intenta llegar a un estado de “conciencia
sensitiva mucho más amplia y profunda
de su encarnación que en la vida
despierta” (Freud) “ si, durante
el sueño, la conciencia se adormece,
la existencia se despierta” (Foucault,
la traducción es mía).
El poema roba para llegar a un exceso, una
ampliación que no habla sino de la
imposibilidad de llegar a una patria que
no existe: a una pre=primera=lengua que
es solo un fantasma y promete en su inminencia
la carnalidad perdida en el olvido. De modo
que el vector de la inminencia promete una
lengua de regreso que es en realidad de
llegada. Y pienso en el Girondo de En la
masmédula que escucha en el “tambor
indígena” de la rima el Tan-Tan
yo que es inminencia y restitución
de la lengua del desierto, de la pampa.
Y pienso en Alfonsina Storni, desandando
el camino del cánon y revirtiéndolo
con más lenguas: irónicas,
autoparódicas, autotraduciéndose.
La poesía, entonces, como sucesión
de traducciones fallidas: en esas fallas,
como juego abismático, encuentra
su exceso, su robo del robo. Si la poesía,
en última instancia, intenta llegar
a la percepción, al mundo sensitivo
y restituitir a la lengua una carnalidad
robada, una lengua de preestreno que no
existe, une a ese camino de regreso el pasaje
por el sueño, que le presta una forma
de libertad imposible de traducir, y que
el poema traduce mostrando en su forma esa
imposibilidad de traducir “el polvillo
luminoso del campo visual” que extiende
el sueño,por ejemplo; o la experiencia
intensa del estar tendido, o suspendido,
cortado de las instancias del tiempo cronológico,
como en los estados piconolépticos
de los que nos habla Paul Viriliò.
Concluyo, a modo de aforismos
de síntesis, disparadores de la composicón
de cada poema:
El poema traduce.
El poema roba al robo del olvido.
Si no hacemos sino olvidar mientras vivimos,
el poema aventura para atrás las
huellas, los restos fosforescentes: encarna,
hace cuerpo de lenguaje la sustancia del
deseo, de la percepción, del sueño
que el paso del tiempo diario volatiliza.
El poema como superficie o mapa donde se
cruza el sueño y la experiencia concentrados.
El lenguaje como materia resistente en donde
esa encarnaciòn perdura.
El poema atrapa el detalle en el que la
mirada cae hacia adelante y encuentra el
paso hacia la materia de vida olvidada,
sumergida, el resto que volverá a
encarnar como pequeñas ramificaciones
en expansión.
El poema traduce en cuerpo de lenguaje,
laminilla iluminada, el volumen de la memoria
individual y cultural.
El poema como instantánea del detalle
que se repliega.
Ese detalle como ojo devorador que acumula
y reduplica imágenes: traduce de
la vía de la sensación a la
vía de la letra y desde allí
en el trabajo compositivo del poema (imagen
y sonido) vuelve a desplegar, a reenviar
al mundo de la sensación.
El libro constará de
varias partes o laminillas de traducción,
que a su vez se entrecruzan y fragmentan,
y que suponen, como es propio de la tarea
de todo escritor, un tiempo de lectura,
reflexión e intensidades que componen
pequeñas constelaciones que provocan
y disponen a la escritura:
1. El enigma de las flores:
“¿cómo es posible la
naturaleza?”, se preguntaba Kant.
¿Es posible que la flor de la santa
rita, me pregunto, por ejemplo, traduzca
espacios y ciudades (Roma, Villaguay, Olivos),
convoque amores?
El laurel blanco, la rosa china, la retama
o el espinillo, la flor del paraíso.
2. El desliz de las lecturas.
Ventana o mirilla, el ojo se pierde en el
camino de la memoria: citas, imágenes
superpuestas, biografías literarias
y experiencias propias. Sylvia Plath llorando,
yo llorando, la muchacha que limpia llorando.
¿Cómo se traduce en sustancia
propia la vida, la imagen vista y leída
de/en otros?
3. La aventura de los cuerpos.
Fragmentos, restos, destellos que se cruzan
y sobreimprimen, ¿como traduce el
lenguaje del poema la carne de unos en otros?
¿Cómo se arma el cuerpo?
¿cómo se huele la voz? ¿cómo
se hace de lengua mujer o varón?
“Avaronada”, en el verso de
Carrera.
4. El sabor de los sueños.
Regresan y cortan la experiencia, la rebobinan,
traen un sabor que el poema persigue y vuelve
a rastrear, como un animal herido a veces,
como un largo esplendor, otras. Y cuando
llega se retraduce y conecta con estrellas
fugaces: detalles de un film, de una música,
de un paisaje, de una tarde.¿Cómo
resuena, reencarna el sueño en el
poema?
5. El traspaso del tiempo.
Traspaso o traspie, ¿qué tiempo
es el que desenvuelve o detiene el poema?
¿qué formas de la duración
traduce? ¿qué formas del desierto,
pampa, patagonia, traduce el tiempo del
poema? ¿qué lengua encarna
el viento?
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